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Predeterminado David contra Goliat en la Amazonia

David contra Goliat en la Amazonia

•Los ka'apor, una comunidad indígena que vive en la selva amazónica de Maranhão (Brasil), están amenazados de muerte por madereros que talan ilegalmente el ipê

•Este codiciado árbol, considerado la nueva caoba, se vende a 1.000 € el metro cúbico

•EL MUNDO viaja hasta el corazón del territorio ka'apor y presencia la desesperada lucha de este pueblo en defensa de su supervivencia






Cuando Osmar Ka'apor habla del miedo de su pueblo se enciende de rabia, especialmente cuando recuerda lo que pasó aquel día. Resulta extraño ver cómo se le agita el semblante porque normalmente es un hombre de risa fácil y movimientos tranquilos. Disfruta contando leyendas de su tribu indígena, los ka'apor, y lo hace con sonoridad estudiada, introduciendo las pausas en el momento preciso y su carcajada antes incluso de llegar a la parte divertida. Pero cuando recuerda cómo sus parientes tuvieron que huir de su aldea aterrorizados por la llegada de los madereros ilegales, su cuerpo se tensa como si tuviera que recordarle quién es: un líder de su comunidad, con todo lo que eso implica.

Se ajusta el tocado de plumas de diversos colores -amarillas, rojas y negras- después de reconocer que ese pequeño poblado fue abandonado y sus habitantes buscaron refugio en otras aldeas de la tribu. Osmar cuenta todo esto mientras nos vamos adentrando en territorio ka'apor, una zona de la selva tropical demarcada en el estado de Maranhão, al norte de Brasil. Llegar hasta ahí es recorrer kilómetros y kilómetros de una carretera de tierra sin asfaltar, aunque la dureza del viaje se compensa con la belleza de los túneles que ha formado la naturaleza alrededor del camino salpicándolo de luces y sombras. Entre esos árboles inmensos uno casi es capaz de olvidarse de que los propietarios están amenazados de muerte por los madereros que ambicionan su bosque.

«¡Mirad, huellas de jaguar! Hay muchos en nuestro bosque», asegura Osmar, señalando las pisadas del gran felino y recuperando la sonrisa en una de las paradas que hacemos durante el trayecto. El jaguar, como otras muchas especies en peligro de extinción por la deforestación de su hábitat, sobrevive sin problemas en las tierras cuidadas por la tribu. Admirando el rastro que ha dejado el animal, pienso en el miedo que tenía de emprender este viaje. Adentrarse en la selva ya parece una prueba para valientes y yo no soy eso. Saber que lo haces con las principales víctimas en Brasil de los ataques de los madereros, me parece una experiencia para inconscientes, y de eso sí tengo un poco. Me sumo al viaje en la ciudad de Paragominas, a 280 largos kilómetros de la aldea de Jupu'i, donde pasaré unos días conociendo la realidad de este pueblo gracias a la invitación del antropólogo brasileño José Andrade, que lleva más de 10 años viviendo con esta etnia.

Los ka'apor fueron hasta esa ciudad para exigir al gobierno local y a la policía que actúe ante el brutal asesinato de una de sus jóvenes ocurrido hace apenas un mes. «Con las amenazas de los madereros y la pasividad de los políticos, para ellos es difícil confiar en que la muerte de uno de los suyos sea bien investigada. Además, hay policías trabajando en la seguridad privada de algunas haciendas», que son partidarias de la desaparición de las propiedades indígenas, explica el antropólogo Andrade. Mientas los indígenas piden justicia, la policía asegura que «se trata sólo de un crimen pasional».

Los primeros momentos cerca de estos nativos, conocidos como los habitantes del bosque, revelan que aunque muchas cosas siguen siendo como antes, otras han cambiado. Ya no van desnudos, por ejemplo, tras aprender el pudor del hombre blanco, alguno tiene móvil aunque en la selva no hay cobertura, y al anochecer, tienen dos horas más de luz gracias a los generadores instalados en las aldeas. Hace más de 80 años que tuvieron contacto con los blancos y pese a haber perdido una parte de su cultura por esa interacción, también están aprendiendo a aprovechar algunos beneficios. Ahora, tienen un par de coches y una moto que agiliza la salida si hay alguna emergencia o simplemente para ir hasta la ciudad cuando necesitan hacerlo, como este viaje que aprovecho para entrar en la comunidad.

Avanzar es difícil, incluso con las camionetas 4x4, pero no imposible. Por eso, los ka'apor han cerrado 22 de los 24 caminos que atravesaban su propiedad y que fueron abiertos por los madereros. Forma parte de un proyecto de defensa del territorio ideado por ellos mismos hace un año, cansados de pedir ayuda al Gobierno, a la policía, a los vecinos y no obtener respuesta. «No vamos a aceptar más ataques ni amenazas. Por eso, decidimos cuidar y proteger nuestro territorio y no esperar más por la Fundación Nacional del Indio (FUNAI), por el Gobierno. Ellos siempre nos piden que esperemos, mientras los invasores destruyen nuestros bienes. Sólo nosotros sabemos de nuestros problemas porque los sentimos y sufrimos». Con estas palabras, advirtieron al Gobierno en un comunicado de sus intenciones. Están pagando un precio altísimo: tres hombres fueron atacados en los últimos meses por madereros y las amenazas se han incrementado sin respuesta de las fuerzas de seguridad del estado.

Osmar Ka'apor relata que el siguiente paso que dieron, después de cerrar las carreteras, fue construir más aldeas -en total tienen 12 para una población de casi 2.000 personas- alrededor del perímetro de sus tierras. De este modo, todos pueden escuchar y saber cuando llegan los intrusos, que osan entrar durante las noches como si así pudieran pasar desapercibidos a un pueblo que vive y sobrevive precisamente porque conoce los sonidos de la selva. En sus aldeas, todos hablan casi en un susurro, reminiscencia de su época nómada en la que escuchar al bosque marcaba la diferencia entre vivir o morir. Ahora, el ruido que amenaza es el de las motosierras y escucharlo también determina seguir existiendo o desaparecer.

En el poblado Jupu'i -construido hace menos de un año y convertido en centro de formación ka'apor- cuando llegamos se está celebrando un encuentro para levantar una escuela -cuatro troncos y el típico techado de hojas de palma trenzadas- e inagurarla con un ciclo de estudios de 15 días que impartirán profesores venidos de la ciudad y los líderes de la comunidad. Pero, por encima de todo, los ka'apor se reúnen para organizar su lucha contra los invasores. Más de 100 indígenas han llegado de otras aldeas hasta Jupu'i y pese a ser un pueblo con fama de guerrero se muestran más tímidos y curiosos que hostiles ante la llegada de desconocidos.

Entrar en una de sus aldeas y convivir con ellos es retroceder a esa época en la que el hombre sobrevivía no sólo conociendo la naturaleza, sino también mimetizándose con ella. La selva es para los ka'apor su despensa, su farmacia, su hogar y la esencia de su vida espiritual y cultural. La vida en la aldea, que amanece con el sol, se mueve al ritmo de la naturaleza, que determina las horas de recolección, de caza y de pesca.

Sin su tierra, saben que están condenados a desaparecer. «No hay otra opción, sin la selva no podemos sobrevivir. Si perdemos el bosque, los peces, los pájaros, los animales, no sólo perdemos la fuente de nuestro alimento, sino también nuestra cultura», explica una de sus líderes, Mariuza Ka'apor, una mujer de metro y medio pero de una contundencia gigante, lo que explicaría en parte cómo se ha convertido en guía de su comunidad siendo mujer, una excepción en su organización social. «Mi gente no tiene que tener miedo, ahora tiene que tener coraje porque si no lo perdemos todo».

Las 530.000 hectáreas de selva ka'apor fueron reconocidas por el Gobierno brasileño en 1989 tras una lucha social intensa por la demarcarción de los territorios indígenas. Sin embargo, nadie protege y defiende esta decisión, ni en Brasil ni en la mayoría de la Amazonia. Varias organizaciones denuncian como algunas de las amenazas que enfrentan estos pueblos los intereses mineros, la construcción de hidroeléctricas, la expansión de los ganaderos -que cada vez necesitan más tierras para pastos- o los ambición maderera. A principios de septiembre, madereros ilegales mataron a cuatro indígenas asháninkas, incluido el líder de una comunidad, en el oeste de Perú.

Esa sensación total y absoluta de abandono, el haber perdido ya un 30% de sus tierras y la rabia ante la impunidad con la que actúan los invasores ha acabado con la pasividad ka'apor, pese a saber que se enfrentan a un Goliat de avaricia sin fondo. En Maranhão ya no hay más bosques para sacar madera si no es robando, y nadie va a dejar de hacerlo mientras el metro cúbico de ipê, árbol considerado como la nueva caoba, roce los 1.300 dólares (unos 1.000 euros) serrado y listo para exportación, según datos de Greenpeace.

«Las serrerías están por todas partes. Si la policía federal cierra una, rápidamente se abre otra en otro lugar. En la ciudad, la mayoría de las serrerías funcionan como fábricas de muebles, están registradas así. Pero todo el mundo sabe lo que son», denuncia el antropólogo Andrade mientras aprovechamos la sombra que da una de las tres barracas comunales que ocupan el centro del aldea. Está indignado con una cadena que alimenta un sistema de economía que tiene a pueblos enteros contra las cuerdas. «La mayoría de los dueños de esas serrerías son terratenientes, ganaderos, que ven todo como campo, y ellos precisan expandir su territorio y así deciden derrumbar la floresta, vender la madera y después plantar pasto que comen los bueyes. Es una cadena totalmente asociada al consumo de carne. Aunque también hay otros lugares donde se saca la madera para plantar soja y eucalipto».

Iraxi Ka'apor, de dos años, me sigue por la aldea y por los caminos que llevan al río como si quisiera constatar que exista alguien tan diferente a ella. Supongo que es mi piel más clara, mi corte de pelo o mis ropas lo que le llaman la atención. Me equivoco. «Por qué la blanca tiene tantas pecas?», le pregunta finalmente un día a su madre. Cuando está contenta, toca las palmas como si esa incertidumbre que envuelve a los mayores no fuera con ella. Vuelvo a equivocarme. «Ellos también saben los problemas que tenemos», cuenta Mariuza Ka'apor. «Araui -uno de sus hijos- hace comentarios sobre la importancia de no talar los árboles y el castigo que debe recibir quien lo haga». Aquí todos aprenden rápido la hostilidad que los acecha y a rastrear a los intrusos.

Enfrentamientos con los madereros

Desde hace mucho tiempo, los hombres se organizan en grupos para controlar el perímetro de su propiedad. «Hoy la única parte desprotegida es la zona de la aldea que fue abandonada ante la llegada de los invasores», reconoce Osmar. A principios de agosto, se vieron obligados a pasar a la acción. Itahu Ka'apor, el primer indígena que consiguió ser un representante de la FUNAI, cuenta cómo fue ese enfrentamiento en el que expulsaron a los madereros de sus tierras: «Cuando nos avisaron de que estaban cerca de una de nuestras aldeas, nosotros les hicimos saber que iríamos al día siguiente. No se movieron.

Eran dos grupos, estaban trabajando. Primero nos vimos las caras, pero ya no había momento para más conversación y los golpeamos. Los mandamos desnudos de vuelta, fuera de la selva. Había cuatro camiones y dos tractores, los quemamos». Itahu y el resto de hombres llevaban sus arcos y sus flechas, además de las escopetas, aunque finalmente no usaron ningún arma. «Esto va a ser una guerra. Son ellos o nosotros», aseguran los ka'apor definitivamente preparados para defender su hogar.

Son las cinco de una tarde tranquila en la aldea cuando llega el aviso de la entrada de los invasores en otro poblado a cuyos moradores no dejan dormir desde hace días con el sonido de las motosierras. Preocupación, rabia e indignación de nuevo entre los ka'apor. Los líderes se reúnen con los adultos en una casa comunal y van tomando la palabra uno tras otro para decidir lo qué es mejor para la comunidad. «Después de lo que pasó hace un mes, cuando conseguimos echarlos, tenía la esperanza de que no volvieran», confiesa Mariuza, aunque tampoco tienen mucho tiempo para lamentarse, sólo para asumir que su lucha no acabará nunca sin ayuda.

Demasiadas ciudades alrededor viven de la madera que consiguen robarles. Esa misma tarde se decide que un grupo de hombres se prepare para salir al amanecer al encuentro de los usurpadores. Otro grupo hablará con el vecino que los deja entrar. «Los madereros pagan una cantidad a algunos ganaderos para poder entrar hasta el bosque a través de sus fincas», afirma el antropólogo Andrade cuando se acaba la reunión.

La tensión parece no influir en la rutina diaria. Como cada atardecer, casi todos los ka'apor se dirigen al río Gurupi para bañarse, como hacen al amanecer y después del almuerzo. El agua, fundamental para el pueblo, distiende a grandes y pequeños, pero no impide que se cancelen el canto y los bailes que estaban programados para la noche.

Hace dos meses, los madereros amenazaron con invadir las aldeas si los indígenas insistían en defender su tierras, según denunció el Consejo Indigenista Misionero (CIMI). «A veces, tengo miedo de que entren durante la noche», confiesa Leidiani Pena Pinheiro, maestra de portugués que trabaja con los indígenas y conoce perfectamente la presión constante que viven los ka'apor. La situación ha llegado hasta tal punto que «mostrar cualquier signo indígena (pinturas o artesanías) en el estado de Maranhão es peligroso. Yo tengo mucho cuidado».

Una de las claves de que esto siga ocurriendo «es que el gobierno local concede las licencias ambientales a los madereros para que la madera pueda salir del municipio», según asegura Andrade coincidiendo con Greenpeace. Danicley Saraiva de Aguiar, responsable de la campaña de Amazonas de Greenpeace (Brasil) recomienda a todo el mundo «no comprar madera de la Amazonia, mientras el estado y los proveedores brasileños no sean capaces de garantizar el origen legal de la madera extraída de la selva amazónica. Sólo con la ayuda de los consumidores seremos capaces de hacer inviable el tráfico de la madera».

Al salir del territorio ka'apor uno puede ver cómo camiones destartalados abandonan estas tierras cargados de troncos. Los ka'apor han conseguido expulsar al último grupo que invadió su propiedad, pero saben que pronto llegarán muchos más. En la zona, excepto las víctimas, todos consideran que pelar la selva es una buena idea para la economía. Un ka'apor intenta explicar desesperadamente lo más básico: «Todos somos seres humanos, nosotros no somos animales, somos como ustedes los blancos. Sólo queremos sobrevivir. También somos brasileños, antes incluso que los blancos porque cuando ellos llegaron nosotros ya estábamos aquí».

David contra Goliat en la Amazonia | Ciencia | EL MUNDO
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Unas fotos del reportaje que he recuperado_


Camión maderero ilegal





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miro cosas como estas y me siento tan inutil....
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La verdad es para no creer, les roban su tierra, los amenazan, los maltratan, les quitan su forma de vida .... ¿Qué esperan que haga esta pobre gente?

Y el caso es que esto solo es la punta de iceberg (o el centro) porque sabemos de muchas tribus de este tipo a las que se está masacrando, robando, y abocando a la extinción directamente. Pero como halbar y pensar de esta forma no da dinero ....
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desgraciadamente la plata siempre en promer lugar, esto es otra terca del aparato mundial.......
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