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Civilizacion egipcia Foro de la EGIPTOPEDIA sobre historia, arte y cultura del Antiguo Egipto; pirámides, momias, dioses ..

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Recomendaciones Viaje. Ministerio Asuntos Exteriores a 6/6/2016 Nhefertari Información al viajero 30 14-09-2020 12:12:11

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  #1  
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Predeterminado El Viaje de la Mal Llamada "Aguja de Cleopatra"

De Egipto a Nueva York: el viaje de la mal llamada "aguja de Cleopatra"

Fue una hazaña técnica y un triunfo del empeño de varios hombres. En 1881, en poco más de un año, Nueva York puso en pie en Central Park el obelisco que obtuvo de Egipto


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Cita:
A principios de 1881, Nueva York recibió a un singular inmigrante: el único obelisco egipcio llevado a América y, a su vez, el último que abandonó el país del Nilo. Considerado en la época el monumento más antiguo del Nuevo Mundo, refleja la contribución tardía, aunque nada desdeñable, de Estados Unidos a la egiptología.

Pero la historia de su traslado a Central Park también puede incluirse como un capítulo más del sueño americano. La perseverancia de unos visionarios y el poder de la iniciativa privada lograron una hazaña que parecía imposible. Más de un siglo después, su degradación debido a las inclemencias meteorológicas hizo saltar las alarmas. Un ambicioso plan de conservación, llevado a cabo en colaboración con el MET entre 2014 y 2016, permitió presentarlo con la cara lavada.


Un obelisco viajero

Los orígenes del monolito se remontan a mediados del siglo XV a. C., cuando Tutmosis III, gran conquistador y prolífero constructor, mandó erigirlo con motivo de su tercer jubileo. No fue el único ni el más alto del reinado del sobrino de la célebre Hatshepsut, pero tenía la particularidad de alzarse en la venerable Heliópolis, hoy enmarcada por El Cairo. Junto a su compañero (se solían levantar en parejas), daba la bienvenida al gran templo del dios Ra.

El centro del culto al Sol por antonomasia acogió varios obeliscos a lo largo de su existencia. Los de Tutmosis III asistieron impasibles a la ampliación del recinto por faraones que también dejaron huella en ellos. Ramsés II inscribió en cada una de sus caras dos líneas verticales de jeroglíficos. El rey Osorkón, más discreto, inmortalizó solo su nombre. Las marcas de un incendio atestiguan su derrumbe durante el saqueo de Heliópolis por el persa Cambises II en 525 a. C.


Heliópolis. Hoy se ha convertido en un Museo al Aire Libre
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Cinco siglos más tarde, cuando Egipto era una provincia romana, Augusto ordenó trasladarlos a Alejandría. La pareja de obeliscos se situó en la entrada del Cesareum, un templo que Cleopatra VII había mandado construir para su amado Marco Antonio y que Augusto rehabilitó para el culto imperial.

El prefecto de Egipto Barbarus y el arquitecto Pontius lideraron la operación. Colocaron unos originales soportes de bronce en forma de cangrejo en cada una de las esquinas de las bases para asegurar su estabilidad. Con el tiempo, el lugar cayó en la ruina, y, seguramente, un terremoto en 1303 abatió uno de ellos.



El obelisco en su ubicación en Alejandría antes del traslado.
(Library of Congress)

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Última edición por Nhefertari fecha: 01-11-2020 a las 09:53:06. Razón: retocar título
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Predeterminado Los diversos destinos de los Obeliscos

Tú a Londres y yo a Nueva York

Los primeros viajeros del Medievo, retinas privilegiadas del redescubrimiento de Egipto en Occidente, conocieron ambos monumentos con el impropio nombre de “agujas de Cleopatra”. El halo de misterio que las envolvió fue tal que Francia decidió enviar a Jean-François Champollion, el genio que había descifrado los jeroglíficos, a Egipto para hacerse con una de ellas.


Cita:
No obstante, una vez en Alejandría, el destino hizo que el enviado galo cambiara de opinión. El especialista, junto al resto de la expedición franco-toscana de la que formaba parte, viajó por el interior del país. En Luxor quedaría cautivado por sus monolitos, y no dudó en llevarse uno de ellos a París; el mismo que desde 1836 preside la plaza de la Concordia.



El desafío de transportar un obelisco puso a prueba la tecnología del hombre moderno, además de su paciencia y su bolsillo. Pese a sus limitados medios, egipcios y romanos habían dejado el listón alto. Europa mostraba un interés desmesurado por todo lo procedente de Egipto. Y el gobierno de este país pronto entendió que regalar su patrimonio arqueológico era una buena compensación por las ayudas financieras destinadas a la modernización del estado.

Las “agujas de Cleopatra” corrieron esta suerte. En 1876, el obelisco que yacía caído se entregó a Gran Bretaña, tras dos ofrecimientos previos, y, cuatro años después, se erigía a orillas del Támesis. Su compañero cruzaría el Atlántico.



Un regalo colosal

Se dice que de un negocio sale otro. De la ceremonia de inauguración del canal de Suez, en 1869, Estados Unidos salió con el obsequio de un obelisco. Así lo entendió William Henry Hurlbert, editor del The New York World, cuando el gobernador egipcio Ismail Pasha le sugirió la idea. La determinación del primero resultó esencial para hacer cumplir la palabra del segundo, máxime cuando existía una fuerte oposición a que el obelisco abandonara el país.

Hurlbert contó con el incondicional apoyo del cónsul americano en Egipto, Elbert Farman, y, sobre todo, del magnate de los ferrocarriles y filántropo William H. Vanderbilt. Dueño de una de las mayores fortunas de todos los tiempos, Vanderbilt correría con los gastos, más de cien mil dólares. Diez años después, el gobierno egipcio daba por fin vía libre a los deseos de Estados Unidos, al oficializar por escrito su consentimiento a regalar la segunda “aguja de Cleopatra” a Nueva York.


Un momento del traslado de la aguja de Cleopatra. Library of Congress


El encargado de trasladar el presente fue un oficial de la Marina, el teniente comandante Henry H. Gorringe, al que asistió el oficial Seaton Schroeder. Ambos habían tenido la ocasión de visitar el obelisco durante unos trabajos de investigación en el Mediterráneo a cargo de la Oficina Hidrográfica americana. Parece que Gorringe asumió como algo personal el desafío de salvar el monumento a merced del abandono y del vandalismo.

En agosto de 1879 firmó un contrato en el que se estipulaba que recibiría 75.000 dólares si lograba erigir el obelisco en Central Park, pero ninguna indemnización en caso de fracaso. Un lazo más trascendental le unía, tanto a él como a Schroeder, Vanderbilt y Hurlbert, al proyecto: su pertenencia a una cofradía masónica. En octubre, Gorringe y su equipo técnico ya estaban en Alejandría.
Copys Nhefer salvo imagen referenciada

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Predeterminado El viaje al Nuevo Mundo

Imprevistos en el camino

Nadie en esta ciudad, ni en todo el país, se imaginaba que la misión fuera capaz de llevarse a cabo. Si los franceses habían tardado cerca de veinticinco años en llevarse su obelisco y los ingleses casi setenta y cinco, los americanos necesitarían un siglo, si es que lo conseguían. Gorringe pronto contradijo las expectativas. Apenas dos meses después, el 5 de diciembre, derribaba el monumento con éxito.


El obelisco en su emplazamiento de Alejandria


Cita:
El siguiente paso, su traslado al puerto, fue el más crítico, y puso a prueba la generosidad financiera de Vanderbilt. Los comerciantes se opusieron a que el pesado monolito atravesara sus calles, pese a que la distancia a recorrer era de poco más de un kilómetro. Gorringe, desesperado, tuvo que salvar ese tramo bordeando la costa por mar. Lo hizo colocando la aguja en una plataforma flotante y sorteando (incluso desplazando) las ruinas sumergidas que obstaculizaban el paso. Un gravoso desafío que duró cuatro meses.

Para la última etapa, el viaje trasatlántico, Gorringe evitó la complicación de buscar un medio de transporte. Compró el Dessoug, un viejo carguero de la compañía de correos egipcia. Al navío se le practicó una gran abertura en el casco para introducir el obelisco y el resto de los elementos que lo componían.

El 12 de junio de 1880 zarparon del puerto de Alejandría sin ninguna bandera ondeando en el mástil, al no haber podido registrar el barco con la nacionalidad americana, y con una tripulación reclutada de origen dudoso, entre los que se contaban desertores y borrachos.



El obelisco, preparado en Egipto para ser trasladado.
(Library of Congress)

Tras una escala en Gibraltar para reponer combustible, el 20 de julio de 1880, el obelisco alcanzó las costas de Staten Island, como hicieran después millones de emigrados antes de ser admitidos en el país.

Entre los neoyorquinos reinaba el entusiasmo, alimentado por la mediatización con la que se trató el traslado por las calles de Manhattan. El Dessoug se convirtió incluso en un museo improvisado.


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El influyente político Henry G. Stebbins, comisionado de parques públicos, resultó clave para que el monumento se alzara en la colina de Graywacke Knoll de Central Park. Era un lugar elevado, aislado de edificios, y quedaba justo detrás del majestuoso Metropolitan Museum, que inauguraba sede ese mismo año.

La base fue la primera pieza en alcanzar su destino. La comunidad masónica celebró una ceremonia de fundación el 9 de octubre de 1880. El pilar se hizo esperar. Fueron necesarios seis meses para pisar Manhattan y cuarenta días más para llegar a meta, un lento avance que las gélidas temperaturas dificultaron aún más. El 22 de enero de 1881, miles de personas asistieron a su instalación. Durante un instante, el proceso se detuvo para que el fotógrafo Edward Bierstadt inmortalizase el momento.



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En tierra prometida

Por primera vez se erguía íntegramente un obelisco con todos sus elementos tal como se habían dispuesto en Egipto. Los cangrejos de bronce se sustituyeron por réplicas que incluyen una inscripción sobre la historia del monumento. De los cuatro, dos fueron donados por Gorringe al museo; los otros dos habían sido robados y reemplazados por piedras durante el traslado.


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En la base del monumento se enterraron cápsulas del tiempo con objetos dispares como la Declaración de Independencia, obras de Shakespeare y monedas.

El obelisco se puso de moda, siguiendo la estela de la egiptomanía que triunfaba en la arquitectura americana. Seguramente inspiró al segundo más célebre del país, el que, en 1885, se diseñó para rendir homenaje al primer presidente norteamericano, George Washington, frente a la Casa Blanca. Pero, desde luego, fue un buen entrenamiento para que, en 1886, Nueva York recibiera otro colosal regalo, la Estatua de la Libertad.

La aguja de Cleopatra: el viaje de Egipto a Nueva York


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